En nuestra buhardilla había unos doce cuartos y cuando tratamos de analizar la situación, no entendimos muy bien por qué nadie se había dignado a acompañar a Maca. Vengo a buscar a Matías, dijo, pero no os preocupéis, yo subo, me ha hablado tanto de esta casa que estoy segura de que voy a encontrar su habitación sin problema. Buen provecho. No sé qué nos sorprendió más, si su irrupción inesperada – que, por otra parte, a ella no parecía ponerle nada incómoda – o que la pobre tipa pensara que podría encontrar siquiera el pasillo. Un minuto, le doy. No, lo va a intentar, es bien gallega, yo le doy cinco. No exageren, che, que la última mucama llegó hasta el segundo cuarto antes de darse por vencida. Las voces de las apuestas se unieron al crescendo de cuchillos, tenedores y platos y no tuvo que pasar mucho tiempo para que todos olvidáramos que había alguien más arriba. Cuando oímos los gritos ahogados, más o menos en el quinto cuarto, volvimos a la realidad de golpe. Y ya era demasiado tarde.

[Roberto Bolañok danba]
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