Ni siquiera sé cuándo o por qué te estás yendo. Tal vez sientas que se te ha cumplido el ciclo y que es el momento de volver, o quizá no quieras perderte más despertares de S. Hace años que no hablamos y sin embargo te siento aquí como esa amiga que está lejos y presente, acaso de la misma manera que otras amigas me sienten a mí. Yo no he vuelto aún, pero creo que irse es un poco estar volviendo cada día, aunque no tengamos un billete de avión en el horizonte. Porque una se pregunta siempre si esto es real; si se hace otra estando fuera o si se desempaca a sí misma como a una cebolla para descubrir a la que estaba dentro.
Me han contado que la vuelta es dura. Los simulacros que he tenido hasta ahora me han ido mostrando que cada vez se hace más complicado. No es que nadie entienda, es que pocos hacen el esfuerzo por entender, pensamos. Durante un año, dos, diez, hemos vivido una vida otra donde las prioridades cambian, donde una lavadora puede ser un artículo de lujo o una realidad cotidiana o simplemente no existir. Donde aprendemos que nuestro humor tal vez no sea algo universal y que una sonrisa no siempre abre todas las puertas. O que una sonrisa abre todas las puertas.
I. me le leyó una vez un mensaje que un buen amigo le había mandado cuando se marchó de Bolivia. Yo volví una vez, le decía, y fueron los peores meses. Le contaba que al principio se puso en ese lugar fácil del incomprendido, de quien ha descubierto tanto y no puede compartir porque nadie escucha, de quien sabe lo que pasa en otras partes del mundo y ve insignificantes las preocupaciones diarias de quienes ahora lo rodean. Le escribía que había pasado de ser todo para muchas personas a no ser nadie en esa ciudad grande y anónima a la que sin embargo pertenecía. Y que después se dio cuenta de que estaba equivocado, y de que su manera de volver tenía que ser precisamente vivir en su nueva cotidianeidad, ser él mismo en Madrid de nuevo.
Supongo que ahí está la cosa. En que todo eso que ahora te sabes siga siendo tu esencia en Bilbao, en que nadie se atreva a decirte quién eres realmente. En que la única vez que alguien te diga te conozco, sea para cantarte tu canción.
Dura la vuelta, sí, pero parte necesaria del camino. Supongo que, sin ella, nunca nos hemos ido realmente.
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