Había empezado por la coronilla y después fue bajando. Hubiera sido mucho más lindo al revés, una especie de epifanía terrena que ascendía paulatinamente. Pero fue de arriba abajo, sin romanticismos y sin metáforas. El día que Mariana se fue empezó a picarle la cabeza. Como no podía ser de otra manera, él pensó en su séptimo chacra, siempre tan abierto, siempre tan mimado, y asumió que la angustia de la despedida se lo había cerrado para siempre. Ni siquiera hubo adiós, sólo el portazo más fuerte del mundo y un repiqueteo de escaleras como una letanía absurda. Ella no iba a volver, él no iba a bajar a buscarla y los dos sabían que así se acababan a veces las historias. Después, la cabeza le ardía. Era un arder como de sal en la herida, como de saber que ella estaba con otro en ese preciso momento. Ese tubo de luz que le subía desde la pelvis hasta la sien se le fue chamuscando en sentido inverso. Un día los ojos, después el cuello y así hasta ese espacio vacío entre las piernas. Una cicatriz de la cabeza a los pies lo vistó desde entonces.

[Federico Falcok danba]
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