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y la piedra resonó en el fondo, más que a hueco, a olvidado. Con el sonido rebotó también en mi memoria aquella palabra que había oído por primera vez en clase de música y que cada vez que pronunciba me llevaba directamente a Mendelssohn. Muy pocas veces una palabra es la precisión; en este caso, lo era. El ruido seco y resonante de la piedra contra ese fondo indefinido era exactamente eso, el ostracismo. No había agua pero tal vez la había habido en un tiempo cualquiera. La piedra dejó de ser en el momento justo en que dejó de oírse. Otros se asomarían y, movidos por ese mismo reflejo, arrojarían otras, acaso más pesadas. Y todas las piedras así reunidas dejarían de ser en un acto de omisión colectiva; no de olvido, porque nunca fueron poseídas ni miradas ni tocadas más allá de ese gesto impetuoso de servir de eco a lo que nunca ha existido.

[dispara Murakami]
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