El rey ha muerto. Viva el rey (muerto).

En el ejercicio casi diario que hemos empezado a hacer con Mata y en el que una oración de un texto (la cuarta) sirve como disparador para escribir otro texto, hoy toca periódico. Hace unas semanas que Público empezó a editarse en Argentina y en la Embajada lo tenemos gratis. Es un placer recuperar la sensación del diario bajo el brazo en el autobús, sobre todo cuando el diario es tan bueno. A pesar de que mi periódico digamos familiar fue El Correo, desde que empecé a viajar El País se convirtió en mi contacto con el terruño, porque estaba en los kiosquitos de Florencia, en las estaciones de tren de París y ahora, en Buenos Aires, en el despacho del jefe. Comprarme El País es siempre un regalo que me hago, y cuando ocurre, leo las noticias con la fruición que me falta cuando lo que tengo delante es la edición electrónica. Una piensa que nunca va a poder cambiar de periódico. Pasa lo mismo con la radio. Despertarse con voces otras es sentir inmediatamente que se ha sido infiel. Pero la experiencia a veces se empeña en convencernos de lo contrario. Ahora escucho Radio América y me sé las musiquitas que abren cada espacio, los nombres de los locutores y a qué hora emiten los mejores programas. Y, ante todo, ahora leo Público; y no echo de menos al que fue mi periódico durante tantos países. Tal vez la vida consista en ir creando fidelidades.
A lo que venía todo esto realmente era a que la frase que nos ha tocado hoy habla sobre un libro que ha publicado Anasagasti -?- sobre la monarquía española y en el que el político dice que “la pasividad del monarca en su papel moderador frente al impulso belicista de José María Aznar fue […] la gota que colmó el vaso de su desafecto”. Yo sentí lo mismo cuando empezó la guerra de Iraq, pero después cambié de opinión. Porque esta lacra que nos ha tocado financiar está ahí – en el trono, digo – para “hacer bonito”, porque “es muy campechano” y porque le queda como a nadie el traje de marinerito. No para opinar. Así que ni lo insinuemos, no vaya a ser que se lo crea y empiece a decir lo que piensa y se ponga a mandar tanques a Bilbao para garantizar la unidad de la corona. Y no vaya a ser que, en un arrebato de libertad de expresión, opine también su mujer e instaure la guillotina en las plazas públicas para erradicar la homosexualidad de las rectas calles de España. Mejor que se queden callados en sus yates y en sus palacios, que bien que nos cuesta comprárselos.
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