Se había acostumbrado a ir los lunes porque sabía que ese día siempre escaseaban los clientes. A veces se preguntaba por qué ir a un bar casi vacío, si lo que ella quería era precisamente no sentir ese aire encerrado que la ahogaba en su casa. No era para que Julián le dedicara toda la atención, algo de lo que sin duda él estaba seguro. En el fondo ella siempre supo que su miedo a estar sola no era más que una manera de evitar que los demás descubrieran que no tenía miedo de estar sola. Si hubiera prescindido de ese tinte de vulgaridad, probablemente a estas alturas ya estaría arruinada. Sabía que nada era peor para una mujer de su tipo que demostrar entereza. Los clientes la habrían abandonado uno a uno, desterrándola así a los umbrales de la soledad, obligándola por siempre a enfrentarse a sí misma sin ningún cuerpo que mitigara esa felicidad. Sólo los lunes se permitía ser sin nadie en la complicidad del polvo que corría bajo las bombillas y la mirada inocente de Julián, que en sus ojos leía un amor que él creía carnal y que en realidad era propio.
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