Una vez estuve en Irán. Fue en enero de 2005. El presidente era entonces Jatamí, aunque su mandato duró sólo unos meses más. Recuerdo bien aquellas elecciones y esa tristeza contenida de mis amigos iraníes en París, conscientes de que lo peor acababa de llegar.
Me costó mucho encontrar alguien que pudiera contarme qué me iba a encontrar al llegar al país. Estaba Ali, claro, mi director de teatro, pero yo buscaba una mujer que me quisiera hablar de su país sin tapujos, que se atreviera a decirme lo que estaba a punto de vivir.
Ahora me parece que entonces ya presentía que lo más importante que me iba a llevar de Irán era esa calidez femenina, esa profunda complicidad que se establecía entre todas nosotras. Cuando el avión aterrizó en Teherán y me puse el pañuelo en la cabeza, la mujer del asiento del otro lado del pasillo me dijo Bienvenue en Iran con unos ojos ahogados en disculpas, resignación y tristeza milenaria. Cómo olvidar aquella mirada.

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