Salir antes del trabajo te abre las puertas de una ciudad totalmente otra. El sol casi cenital anuncia ya un barrio con gente diferente en las calles, otra cajera en la verdulería, niños a la salida de la escuela. Sobre todo eso, niños en la puerta de la Euskal Echea, el colegio que queda a una cuadra de mi casa. Me hacen gracia eso chándales rojos, verdes y blancos, como si estuvieran en Bilbao y fueran a ver jugar a la selección. Hay dos madres que esperan a sus hijos y les pregunto por qué ese colegio. Yo siempre estudié aquí, responde. ¿Y aprendíais algo del País Vasco? El himno, me dice, y danzas vascas. Me acerco a los chicos que están sentados en la vereda y que sin duda piensan que soy una tarada cuando les pregunto qué conocen de Euskadi. Kaixo, el himno y poco más. Es que yo soy de allí y me causaba curiosidad. ¿Agur sabéis? Sí. Ah, bueno, agur entonces. Agur, agur. Esas cosas fascinantes que pasan en Argentina. Como que en Trelew haya escuelas que den clase en galés y que, en las tres cuadras que siguen a mi casa, estén el centro asturiano, la asociación Pablo Iglesias, unos tres centros gallegos y dos vascos más. Cruzo la calle y voy a comprar pan a la confitería catalana que queda al otro lado de Independencia.
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