No, no me he ido; tampoco siento que me esté yendo. Pero me voy a ir. Tengo la sensación de que todo lo que he escrito habla sobre un adiós en el que sin embargo no pienso tanto como parece. Un adiós que más o menos subyace y que se verbaliza en momentos de intimidad y debilidad, que sin duda son la misma cara de la moneda que somos.
Pesa el hecho de tener fecha y billete, pesa; pero mi manera de enfrentarme a la despedida es hacer como si no pasara nada. En los momentos extremos, más que en parálisis general, mi irse se manifiesta en golpes de tristeza como el de hace unos minutos, como el de antes de ayer. Después, supongo, me empujo a mí misma a no hacer absolutamente nada que tenga que ver con marcharme. Me niego a pensar en maletas, paquetes, en dejar mi departamento.
Lo que me pregunto muy seguido es qué ciudad transitaré cuando ya no esté. Mi geografía de ahora lo impregna todo de tal manera que no puedo pensar en escribir una calle que no sea Libertad, una avenida que no sea Rivadavia, un bar que no sea Los Galgos, el de Cao, la tabernita de la esquina de Venezuela.
Se puede leer como romaticismo de gringa bohemia; pero sería demasiado fácil. Buenos Aires me pertenece malgré lo previsible y cursi que esto pueda sonar, y estar lejos es una manera, acaso la más corpórea, de vivirla con una fosforescencia nítidamente porteña.

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