Historias mínimas

Ella entra en un bar lindo. Acaban de abrir, es la única clienta. Espera a su amiga, que va a tardar; le gusta saberse sola. Se sienta en la mesa al lado de la ventana, compu abierta porque tiene que editar. Pide un submarino. Qué hacés, de dónde sos, qué interesante, qué lindo país. Hay una gramola y la música es vieja y propia. El mesero le trae un pedazo de torta de chocolate. Querés, le pregunta, pero antes de que pueda responder sí, claro, él ya se ha girado con su sonrisa a cuestas. Llega la amiga, que llora y que sonríe y que abraza. Se calma y vuelven a hablar a tres. El mesero canta tango. ¿Y bailas? le preguntan las dos. Claro que sí. ¿Ustedes? Un poquito, dice ella. Él se levanta decidido, mueve las mesas, cambia la música. Le extiende la mano y un ¿te prendés? Obvio, ella, sonrisa y se levanta. La amiga y el chef hacen de testigos. Él la agarra firme y ella cree que su espalda nunca había sido tan chiquita, tan abrazable. Él la envuelve casi completamente con su brazo, y ella siente que a cada paso de baile va rodeándola un poco más, cubriéndola de cobijo. Es como si el brazo de él diera la vuelta sobre su cuerpo, el de ella, empezando por la cintura, después el surco de la columna, el hombro derecho, y de ahí al pecho para terminar de nuevo en la cintura. Se siente protegida y niña pequeña, más lo segundo que lo primero, hasta tal punto que parece que los zapatos le quedan más holgados, que toda ella es poco a poco más ligera. Hasta llega a pensar que el bandoneón suena más hondo, más fuerte. Tiene los ojos cerrados porque siempre creyó que así se bailaba el tango de verdad, pero podría jurar que sus labios ya no están a la misma altura: ha dejado de percibir el aliento de su compañero de baile en el cuello y siente como si la mano se le escurriera entre los dedos firmes del otro. Se tropieza con algo, pero recuerda que el bar estaba despejado cuando empezó la música. Se niega a abrir los ojos. No tiene que hacer ningún esfuerzo para salir de los zapatos, que más bien la expulsan, y con los pies descalzos siente que lo que se remueve en el suelo es de textura rugosa, rayada, algo parecido a la pana ancha de su vestido, pero mucho más grande. Siente el sobresalto helado de quien comprende y además está desnudo. Él no la suelta y su abrazo sigue siendo cálido y hermoso, pero ella sabe que baila ya sólo para sí mismo y que, aunque abra los ojos, ese viento ritmado de los pies de él acabará por espachurrarla contra el piso.
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2 pensamientos en “Historias mínimas

  1. Por cierto, El tango¿Dónde estarán?, pregunta la elegíade quienes ya no son, como si hubierauna región en que el Ayer pudieraser el Hoy, el Aún y el Todavía.¿Dónde estará (repito) el malevajeque fundó, en polvorientos callejonesde tierra o en perdidas poblaciones,la secta del cuchillo y del coraje?¿Dónde estarán aquellos que pasaron,dejando a la epopeya un episodio,una fábula al tiempo, y que sin odio,lucro o pasión de amor se acuchillaron?Los busco en su leyenda, en la postrerabrasa que, a modo de una vaga rosa,guarda algo de esa chusma valerosade los Corrales y de Balvanera.¿Qué oscuros callejones o qué yermodel otro mundo habitará la durasombra de aquel que era una sombra oscura,Muraña, ese cuchillo de Palermo?¿Y ese Iberra fatal (de quien los santosse apiaden) que en un puente de la vía,mató a su hermano el Ñato, que debíamás muertes que él, y así igualó los tantos?Una mitología de puñaleslentamente se anula en el olvido;una canción de gesta se ha perdidoen sórdidas noticias policiales.Hay otra brasa, otra candente rosade la ceniza que los guarda enteros;ahí están los soberbios cuchillerosy el peso de la daga silenciosa.Aunque la daga hostil o esa otra daga,el tiempo, los perdieron en el fango,hoy, más allá del tiempo y de la aciagamuerte, esos muertos viven en el tango.En la música están, en el cordajede la terca guitarra trabajosa,que trama en la milonga venturosala fiesta y la inocencia del coraje.Gira en el hueco la amarilla ruedade caballos y leones, y oigo el ecode esos tangos de Arolas y de Grecoque yo he visto bailar en la vereda,en un instante que hoy emerge aislado,sin antes ni después, contra el olvido,y que tiene el sabor de lo perdido,de lo perdido y lo recuperado.En los acordes hay antiguas cosas:el otro patio y la entrevista parra.(Detrás de las paredes recelosasel Sur guarda un puñal y una guitarra.)Esa ráfaga, el tango, esa diablura,los atareados años desafía;hecho de polvo y tiempo, el hombre duramenos que la liviana melodía,que sólo es tiempo. El tango crea un turbiopasado irreal que de algún modo es cierto,un recuerdo imposible de haber muertopeleando, en una esquina del suburbioJ.L Borges

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