Duela lau urte…

Hace exactamente cuatro años, estaba en Buenos Aires. Mirando mis emails viejos, he encontrado este mensaje que envié a mis amigos en aquella, mi primera visita a Argentina. Algunos tal vez os acordéis. Ha sido lindo releerlo ahora, tanto tiempo después. Y divertido encontrarlo justo después de haber publicado el post ese en el que hablaba de la posesión.

(Me sepan disculpar la alusión a la bosteridad. Una era tan joven e inexperta…)

Abrumadora esta cuidad. Una la busca en calles empedradas y monumentos y parques y de pronto se choca con ella en la primera gota de lluvia que sorprende al otoño.

En los barrios altos la vida es occidentalmente apacible: la tranquilidad que otorga el rigor mortis, que decía la escritora. Van y vienen sin mirarse apenas, con la convicción de que todo el mundo ocurre entre esas cuatro avenidas que recorren a diario. A veces pienso que aquí aún se cree que la caída del “1 a 1” (la convertibilidad peso-dólar) fue un espejismo, que La Argentina sigue siendo la excepción europea a la regla latinoamericana. Las conversaciones callejeras me reconfortan, sin embargo: el ir y venir es el propio de una gran ciudad, pero la mayoría no se ha olvidado de aquel diciembre que hizo entrar al país en América Latina de nuevo. Y es que, aunque quiera olvidarse, es imposible: cada noche los cartoneros pueblan la ciudad para llevar a cabo su trabajo, la selección de envases, cartones, telas. en las bolsas de basura que se agolpan frente a los edificios bonaerenses. En solo unas horas las bolsas se han transformado en paquetes perfectos de papeles y bolsitas más chicas de plásticos y cristales que esperan la llegada del camión que los transporte a su destino final.

Hace una semana la policía desalojó a cinco familias de un edificio en pleno centro de la ciudad, entrando a patadas y sacando los muebles hasta por la ventana: no se puede decir que no sean eficientes, desde luego. Todo quedó fuera en apenas dos horas. Ya por la noche, las familias seguían en la calle y los policías hacían guardia para que nadie entrara a la casa tomada. Frustrante y a la vez tristemente familiar la transformación de las sonrisas de los policías en risas incómodas cuando veían que la galleguita ingenua empezaba a hacer preguntas cada vez más difíciles de responder sin comprometer su autoridad. y claro, la respuesta final es la internacional: “cumplimos leyes, señorita”. Por supuesto, cumplen la primera parte de la ley, pero la segunda, el llamado realojo, queda olvidada en algún punto entre la gorra y la porra.


Las familias tomaban mate entre frigoríficos, sacos y camas, con la sorprendente tranquilidad de quien ya no tiene nada que perder y con la dignidad de quien se sabe digno. Los echaban de su casa para que la casa quedase desocupada, desalojando a la vez un comedor barrial y un centro social creado por el MTD. “Cumpliendo leyes, señorita. ¿Periodista?” “No, la cámara no está encendida, sólo filmo a grupos de teatro”. Y qué mayor puesta en escena que la de la represión de la cana.


Algo se mueve en Buenos Aires. Las familias desalojadas se realojan, tarde o temprano, en otras casas tomadas; el movimiento piquetero, lejos de estar muerto como nos quieren hacer creer, consiguió este primero de mayo, por primera vez en muchos años, hacer un acto unitario, con una afluencia espectacular en la calle mientras las juventudes peronistas celebraban el día del trabajador con una ceremonia religiosa. Un primero de mayo que olía a asado y a mate en la plaza de mayo, ante una municipalidad amurallada y una banca nacional forrada de afiches contra el impago de sueldos. Un primero de mayo entre canciones de Piero y de León Gieco, con colores que no parecen haber pasado de moda y una bandera republicana perdida entre la multitud. Los grupos de teatro comunitario, la prensa alternativa, las fábricas autogestionadas, resisten a diario frente a un Estado que hace lo imposible por convertirlas en su propiedad (ojoplática se queda una cuando lee que hay exposiciones de fábricas autogestionadas organizadas por la municipalidad y convocatorias a asambleas de barrio organizadas desde el gobierno: “decide sobre tu ciudad”, rezan) y que sólo lo logra mediante la violencia.

Perderse en la Boca significa encontrarse con todos los turistas del mundo, que parecen haberse dado cita en la parte más artificial de la ciudad y entonces volver a perderse para refugiarse en un viejo vendedor de alfajores deseoso de hablar de cuando los barcos llegaban al puerto con fines estrictamente comerciales. Y reírse del tango prefabricado que les bailan a esos mismos turistas, y huir hacia San Telmo y encontrarse, como por casualidad, ante la bombonera y que de pronto un sentimiento de bosteridad se apodere de una y que una sepa que es inevitable.

Dice Fito Páez que “en Buenos Aires tengo más de lo que quiero pero lo que quiero nadie me lo da”. Pues va a ser eso. Que lo único que sé en este momento es que me voy dentro de una semana, que en un mes no he conocido ni una pequeñita parte de esta ciudad; y que sin embargo me presiente y me espera, que ya es parte de mí y que ya lo era antes de venir. Y que no decepciona. Si acaso, sorprende lo difícil que se hace descubrirla, lo imposible que es poseerla.

Supongo que por eso precisamente sé que ésta no es más que la primera vez.

Un abrazo, esta vez sí, desde Río de la Plata.

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6 pensamientos en “Duela lau urte…

  1. Interesante contraste,oh profeta de tu vida, que conjuras tus acontecimientos en la palabra, y dónde si no…y dónde dónde dónde te dejaste al otro, ese al que tanto querías y en el cual te reconocías, en estos cuatro años?Me gusta esa intimidad no intimista, no explicitada, que vuelcas cuando la política articula tus haceres y canaliza tus sentires. Aguante la que viste el traje nuevo del rey, abajo la nudista pudorosa!

  2. El otro sigue conmigo, más interiorizado, puede ser, pero listo para atacar en cualquier momento. Aunque tienes razón, como decía el poeta, “a la calle, que ya es hora”…Y mejor arriba los nudistas republicanos, dónde vamos a parar…

  3. para terminar de poseer la ciudad de Buenos Aires es im-pres-cin-di-ble utilizar el gentilicio que le corresponde: porteño, porteña. vaya el comentario sin ánimo de ser desagradable al primer contacto 🙂 Encuentro que es un error frecuente entre peninsulares, y se ha vuelto para mí una especie de prueba de fuego. me gusta el blog, txabela, me gustará conocerte si estás por ahí en agosto.

  4. En lo más hondo del “orgullo posesor” me has dado… Cuando he leído el comentario, me ha entrado un sudor frío con lo de la prueba de fuego, algo así como un “¿será que estoy yendo de superadita y realmente no soy más que una peninsular más, de esas que salen por Puerto Madero y dicen gracias después de una chupada al mate? Así que, no sin miedo, debo admitir, he hecho una búsqueda en en blog y ahí aparece “porteño” en un post anterior… menos mal, si no me parece que me hubiera empezado a plantear qué he hecho todo este tiempo en esta ciudad… Un abrazo, Paulenka. Ídem con tu blog, e ídem con agosto.

  5. bueno, no exageres, que para eso estoy yo. “prueba de fuego” porque me gusta darle duro al que pretenda mi ciudad… pero era una ayuda en realidad para que termines de poseerla!ea!

  6. Bueno, sí, me gusta exagerar, qué le vamos a hacer. Pero conste que entiendo perfectamente tu “darle duro”. Si yo tuviera una ciudad así, no les dejaría a los gringos ni acercarse para que no me la convirtieran en una atracción de feria…

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