Dislexia

Conocí a un poeta que no podía escribir si no estaba acompañado. Necesito oír pasos, me decía, saber que hay alguien en el pasillo.
Cuando los dos nos quedamos en silencio, en ese momento inevitable de auscultarse mutuo en el que una evalúa si él es él y él ya sabe que esa noche ella será, pensé en cómo sería escribir al otro lado de esa puerta, ser la presencia ausente durante ocho horas al día; yo haciendo ruido para que él sintiera mi compañía, él en silencio para hacerme creer que no estaba.
Esa noche dormí sola. Nunca hubiera funcionado.
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