Cielos ajenos

Roma, verano de 2001. Es de noche y hace mucho calor. Voy en el autobús a Cipro, ventana abierta, viento en la cara y el pelo para todos lados. Felicidad o algo muy parecido bajo este cielo ajeno. La persona del asiento de atrás se va a levantar y se apoya en el respaldo de mi asiento. Me roza el hombro. Escalofrío. Creo que lo nota. Se abren las puertas y sus nudillos siguen en mi hombro. Duda; no baja. Se vuelve a sentar. Por el reflejo de la ventanilla veo que es un hombre un poco mayor que yo. No quiero que vea que lo miro. Está sentado pero no ha soltado la mano del respaldo. La mueve despacito, como para quitarla sin que se note que alguna vez ha estado ahí. Abrirla completamente le cuesta varios segundos. Cuando empieza a bajarla siento las yemas de sus dedos en la espalda, como despidiéndose. Contengo la respiración. Los dedos se quedan quietos, como esperando. No respiro. Entonces empieza a dibujar círculos chiquitos, rozando apenas las pieles. Me guardo una sonrisa pícara y permanezco inmóvil. Los círculos se hacen cada vez más grandes, más abiertos, de forma distinta pero igual de pausados. El respaldo de hierro contrasta con los dedos cálidos que, poco a poco, dan paso a la palma de la mano, a caricias suavemente intensas. Toda mi piel se eriza, pero sigo sin un mínimo gesto hasta que su mano derecha se incorpora a la danza y sube hasta mi nuca, se enreda en un rizo que cae y la fuerza invisible de sus manos hace que mi cuello se desplome. Cipro, termini. Me levanto despacio, segura, y oigo cómo sus manos caen pesadamente sobre el asiento. No miro hacia atrás hasta que estoy ya bajo la noche romana y él me sonríe sin reclamos ni arrogancias; una sonrisa clara. Es raro, pero mi espalda entera es de pronto más ligera que el resto de mi cuerpo y el calor húmedo de Via Andrea Doria parece transformarse en viento al llegar a mi cuello.
Cuando llego a casa, Pier Giorgio me espera con tres cornetti calientes. No nota nada, pero cuando voy a cambiar el canal de la tele me pregunta qué tengo en la espalda. Sí, claro, me río. Tienes letras, arcobaleno, me dice, como una frase. Me lleva al baño y me pone frente al espejo. Léeme, le digo. La stranezza di un cielo che non è tuo, me lee.
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