(baires)

Ayer hizo un sol inmenso, de esos que sólo pasan los domingos porteños. Fui caminando a casa de Nayibe y Julien, porque el domingo se come con la familia. Cuando cruzaba la 9 de julio, unos chicos estaban riéndose de un señor mayor que estaba sentado en un banco. Miraba hacia la hierba, donde había dos palomas y, un poco más atrás, un perro. Creo que estaba hablando con los pájaros. Supongo que los chicos se reían de eso, pero lo cierto es que la escena era algo surrealista y profundamente hermoso a la vez y no tenía nada que ver con lo que hacía el hombre. Todo estaba dispuesto en planos perfectamente ordenados: el hombre en primer término, las palomas quietas como hipnotizadas, el perro olfateando un ombú gigante mientras alrededor se desplegaba una 9 de julio sin coches, que es algo irreal y nostálgico, como fuera del mundo.
Bajando por México, la vida estaba detenida en el cierre de las persianas, en los balcones de las casas tomadas, en ese señor con síndrome de Diógenes cuya casa llega hasta la siguiente cuadra y que una nunca se cansa de mirar. Hasta los niños que jugaban en la calle estaban bañados de calma y sol, de simple domingo. De repente me di cuenta de que me sentía tan bien. De que amo tanto esta ciudad. Empecé a ser consciente de esa alegría y, aún así, pude disfrutarla hasta llegar al Hotel Victoria. Lloré un poquito.

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