hermanos

Mi padre tiene diez hermanos. Diez y medio, me gustaba decir a mí de pequeña. Mi abuela había amamantado, junto a Pilar, su primera hija, a María, que había nacido huérfana. Hoy María es tía María y, a sus ochentaytantos, tiene los labios rojos como siempre recién pintados. Once hermanos y medio.
Tío Eligio, mi preferido, murió hace diez años. Era veterinario, era agrio y malhumorado y nadie sabía cómo interpretar sus gestos secos y como de desprecio. Nadie salvo mi padre, su hermanito pequeño, que, de alguna manera tácita que sólo ahora empiezo a vislumbrar, me supo transmitir que aquél era su modo infinitamente tierno de querernos. Puede que tío Eligio fuera mi primer reto; yo me empeñaba en sentarme en sus rodillas, en hablar con él junto al brasero, en querer muy alto a ese tío-ogro al que el resto de primos ni siquiera se acercaban. La última vez que hablé con él, ya estaba muy enfermo y le conté, por teléfono, que acababa de ganar un concurso de cartas de amor. Divertido, supongo, por mi tópico enamoramiento juvenil, me preguntó a quién iba dirigida la carta. A mi madre, tío. Recuerdo un silencio al otro lado y un “calla, calla, que me vas a hacer llorar” y no más porque ya había abandonado el auricular antes de que yo pudiera vislumbrar que su voz era ya un poco llanto. No pude despedirme de Eligio. Habíamos organizado un viaje a As neves para ir a verlo, pero mi padre me despertó a las seis de la mañana del día previsto para decirme que Eligio, siempre llevando la contraria, no había querido esperarnos. Ahora recuerdo que llegué a sentirme culpable por no haber ido antes, que escribí, no recuerdo en qué cuaderno, que tal vez yo podría haberle regalado una última sonrisa. Cómo creíamos en el poder de las personas para cambiar las cosas.
Ahora mi tío Quico está enfermo. Quico siempre estuvo enfermo. Por eso, dicen, siempre fue el preferido de todos. Y, más aún, de todas, que lo cuidan, todavía hoy, como si fuera un niño pequeño y desvalido. Pero esta enfermedad de ahora es más letal. Sé que mi padre también quiere a Quico de una manera especial, que con su hermano tuvo proyectos de vidas nuevas y que juntos aprendieron mucho de lo que hoy son. Y creo que vive esta enfermedad como una resignación, como una más del goteo de pérdidas que viene siendo su vida; pero también como una incertidumbre que antes aún se podía esquivar. Todavía no me he atrevido a preguntárselo.
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