P.

El señor P siempre había sido un misterio para la señora C. La historia de cómo se conocieron ya había sido contada mil veces. Digamos que ambos recitaban. Después la vida tomó rumbos diferentes, como escriben en las novelas. Un día de esos otoños soleados que París regala a veces, el señor P se cruzó con la señora C en el Quai Saint Bernard. (Después, ella aprendió a interpretar esos encuentros como un estar precisamente donde y como hay que estar; encontrarse, como algunos dicen, por azar, era tener los ojos bien abiertos a la vida. Pero ésa es otra historia). Para la señora C, el simple hecho de ver al señor P había convertido a París en un lugar menos inhóspito, más suyo, puesto que contenía a su gente. Por eso a la señora C le sorprendió que el señor P no pareciera interpretar ese encuentro como un momento eminentemente patafísico.
De nuevo como en las novelas, pasó el tiempo disfrazado de estaciones. El señor P se enamoró y se desenamoró, viajó, se aburrió y volvió a viajar. La señora C hizo más o menos lo mismo, puede que en otro orden.
La señora C nunca sabe cómo terminar las historias que hablan del señor P.
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Un pensamiento en “P.

  1. “encontrarse, como algunos dicen, por azar, era tener los ojos bien abiertos a la vida.”parece interesante “esa otra historia”..

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