La señora de la lavandería no sabía que ésta era la última vez que le decía adiós. Al salir con la ropa limpia me he dicho que las despedidas deberían ser siempre así: uno, inevitablemente, sabe, pero le ahorra el sufrimiento al otro. El que sabe aprovecha el momento sabiendo que es el último. El que no, vive un último encuentro auténtico, sin rasguño de adiós. Pero yo no puedo evitar saber; he pasado el día decretando ultimidades. El último taxi hacia la derecha, la última vez que subo en este ascensor, la última cena y, ahora, la última noche en esta cama. No he puesto sábanas para dejarlas limpias mañana y duermo entre cajas a medio hacer, como en una de esas películas de vida nueva.
En el fondo, una sabe que no hay una última vez, aunque después la haya. Pero, más en el fondo aún, necesita aferrarse a esos adioses forzados para que la nostalgia convierta a la vida en algo vivible, para que esto no sea una página más sin escribir. Es la última noche y me duele tener tanto sueño.
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2 pensamientos en “

  1. no sabes cómo te entiendo..me ha encantado este post.has condensado en él ideas y sentimientos que yo no era capaz de poner en palabras 🙂

  2. por cierto..como te dije, me parece bonito que tu blog empiece en medio de una mudanza; es como una suma de principios.va a ser una gozada leerte!

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