Crónica publicada en el primer boletín de Ahora Madrid

Hace un tiempo, Ernesto García López me pidió que escibriera una crónica sobre la campaña electoral de Ahora Madrid. Dudé, al final dije que sí y menos mal: mientras la escribía me volví a ilusionar con el proyecto que había dejado un poco de lado los últimos meses. Ernesto también les pidió poemas a Laura Casielles y Juan Carlos Mestre; así de buena compañía en el primer boletín de Ahora Madrid. Copio el texto completo. El pdf se puede descargar aquí.

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Gobernar es escuchar. Crónica de una campaña.

Es el primer martes de campaña en el Parque de Berlín. Llego a este acto de Ahora Madrid preguntándome para qué sirve una campaña electoral. He estado leyendo. Parece que, en estos quince días de rigor, sólo -¿sólo?- se consigue llegar a un 10% del electorado. Parece que, en un mundo como el nuestro de bombardeo mediático constante, la liturgia de la campaña se ha quedado obsoleta. Doy fe. Yo he sido mucho de actos electorales, de mítines y de conciertos posteriores; ahora me da pereza.

Mientras pienso esto, frente a mí, Manuela Carmena sube al escenario, se detiene y aplaude al público que la aplaude a ella. Me impresiona esta imagen espejo: ante la falsa modestia de quienes se creen impunes, aquí recibir aplausos se convierte en un acto puro de humildad. Saluda, dice gracias, dice antes de empezar me gustaría que tomáramos un minuto para disfrutar de la belleza de este acto. Eso dice: disfrutar de la belleza. Eso hago, pararme a contemplar: sillas completas, muchas personas de pie que ya han desistido de protegerse del sol, niñas y niños jugando a pintar un mapa, el vecindario que ha bajado a la calle –una vez más algunas, por primera vez otros– en ese gesto simple de mirarse y escucharse, de reconocerse.

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Los actos se llaman Gobernar es escuchar. Carmena había dicho que no iba a hacer mítines, que las campañas electorales le parecían actos de puro márketing: actos vacíos, donde quien más dinero tiene más figura. Llevamos mucho tiempo, en los barrios, en los vermús de los domingos, con la eterna pregunta de qué hacer ante este giro institucional que, queramos o no, acaba tocándonos: cómo hacer para no caer en las prisas, en los mecanismos patriarcales de una política institucional que parece olvidarse de las personas. Pienso que estos actos quizá sean una puesta en práctica a algunas de esas preguntas: aprovechar la campaña, pero no para seguir el juego de caras en los autobuses y en las marquesinas, sino para llenarla de contenido. Desespectacularizar la política-espectáculo para profundizar en el bien común. Pasar del mitin, ese acto en el que escuchamos pasivamente (o tratamos de hacerlo) al ágora: ese lugar que se resignifica precisamente porque nos escuchamos.

Así que en estos actos no hay grandes discursos: las vecinas preguntan, o sugieren, o simplemente cuentan. Frente a ellas están las personas que aspiran a llevar sus voces al ayuntamiento, y que por ello toman nota, responden, escuchan. Pienso que es un cambio mínimo, pero que todo siempre empezó por cambios mínimos. Lo sabe cualquiera que haya urdido una conspiración, un plan secreto, una comunidad: lo primero es siempre escucharse unos a otras; ocupar, con voz o con cuerpo, el espacio que cada vez más se nos niega en esta Madrid cada vez más privatizada, cada vez más parque temático. Pienso también que me encanta que sea Carmena, mujer, jubilada, independiente, la que ha prendido esta chispa en un contexto como el de Ahora Madrid, con tanta gente diversa, con gente acostumbrada a hacer mítines y otra que quizá nunca pensó participar en una campaña.

Hoy es el Parque de Berlín; ayer fueron Arganzuela, Moncloa y mañana serán Vicálvaro, Barajas y así hasta los 21 distritos de la ciudad. Será así en campaña y, sobre todo, será así después de la campaña. Volveremos a empezar todas estas reuniones después de las elecciones, dice Nacho Murgui, otro candidato, en otro acto.

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Dos cosas más: 1) En el s. XIX, Gabriel Tarde, un sociólogo francés inventó la “sociología de lo infinitesimal”: para él lo importante no eran las grandes ideas de las grandes personas, las grandes estructuras sociales, sino algo imperceptible, innombrable. Tarde decía, por ejemplo, que para estudiar la Revolución francesa lo importante era saber qué campesinas o campesinos, y en qué pueblos del sur de Francia, se habían negado a saludar a sus terratenientes por primera vez. Cosas así decía. 2) Leo en una entrevista que Manuela Carmena dice que, cuando llegue al ayuntamiento, no va a inaugurar nada: “hay que hacer cosas mucho más importantes. Inaugurar nada; eso sí, evaluar, constantemente. Las cosas empezarán un día a funcionar y punto”.

Pienso en que quizá, el siglo que viene, alguien haga una genealogía del cambio en Madrid y quiera dar cuenta de estos pequeños gestos, de esas cosas imperceptibles de las que hablaba aquel sociólogo francés. Me imagino que esa persona empieza por analizar estos actos que consiguen convertir una campaña electoral en un convivio, pero que inevitablemente esto le lleva al construir común de las plazas y las asambleas, y eso al poder de la lucha por los derechos de las mujeres, y eso a la perseverancia de los movimientos vecinales y eso al coraje de la lucha antifranquista. Y así. Y me imagino que esa persona que, dentro de un siglo, quiera escribir sobre cómo ocurrió el cambio en la ciudad de Madrid, se dará cuenta de que ni siquiera hizo falta inaugurarlo: que el cambio ya había empezado mucho antes. Y que nosotras, y que nosotros, sólo tuvimos que continuarlo.

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Perfil que publica hoy La marea

Además de nuestra crónica diaria en Diagonal, hoy La Marea nos publica dos perfiles. El de Doris es sobre Maria Kanellopoulo y su experimento contra la privatización del agua en Grecia (aquí). El mío, sobre Sissy Vovou y el feminismo en el país, puede leerse aquí. Como las fotos aparecen un poco pixeladas, aquí las del artículo, y unas cuantas más.

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Estamos en Grecia

Desde hace unos días publicamos una crónica diaria en Diagonal sobre las elecciones griegas. Ésta es la de hoy. Completa (con fotos), acá.

Días 2/3
Mantras, Syriza y la caja de Pandora

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Nos despertamos tarde. En el apartamento de al lado, se oye a alguien tomar clases de canto y de piano. Al principio hace gracia. Dormimos en un edificio de oficinas, es posible que de noche seamos las únicas habitantes. En el barrio hay muchos edificios deshabitados. Por ejemplo este de enfrente, de cuatro pisos, de aspecto apartamento de veraneo en la costa del sol: cables sacados por fuera, de balcón a balcón, persianas a medio bajar por un lado y completamente bajadas por el otro, ese signo máximo del abandono.
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Desayunamos en un barcito en uno de los muchos pasajes comerciales de Atenas. Tres hombres de alrededor de 60 años comen. Uno de ellos me pregunta si, en lugar de inglés, podríamos hablar alemán. Los tres van a votar a Syriza. El que habla alemán les vota desde hace 5 años. Los otros dos, antes, votaban al PASOK. PASOK kaput, les digo, y se ríen y asienten sin señal alguna de tristeza. Después sacan unas papeletas de Syriza y se ponen a inspeccionarlas. Desde el otro lado de la cristalera, me imagino que hablan de qué saben de cada una de las personas de esa lista, de si noséquien es de fiar, de si a noséquien no hay que votarle. La charla de la polis.

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Sissy, con quien quiero charlar sobre la situación del feminismo en Grecia y sobre la situación del feminismo dentro de Syriza, me cita en la plaza Monastiraki. Están repartiendo propaganda del partido, tienen que conseguir mayoría absoluta como sea, me dice, y estos últimos días son clave. En la plaza, me sorprende a) la edad de las personas que reparten propaganda, en torno a los 70 años, b) la precariedad de la cosa en sí -un carrito de metal, una banderola mínima del partido pegada con celo- y c) la poca atención que les presta la gente -una chica de unos 20 años coge el folleto, le pega un chicle, hace una bola y lo tira al suelo. Yo había esperado algo más ilusionante, pero al fin y al cabo, me pregunto, qué esperaba. Estoy en la campaña electoral de un partido político. Me he repetido esto tantas veces durante estos días, que ya se ha convertido en mantra.

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Un francés de Bretaña me dice que viene mucho a Grecia y que nunca había visto tanta riqueza. Dice que le han dicho que es porque la brecha social es tan grande que los ricos ya no tienen miedo de hacer ostentación.

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Otro francés, éste de Toulouse, en la misma plaza, me dice que hacía dos años que no estaba en Grecia y que nunca había visto tanta decadencia en el país. Me dice que siente la tensión en el ambiente, que el espacio público está totalmente abandonado, que la gente joven no se preocupa lo más mínimo. “Los bárbaros están aquí, son ellos, los jóvenes griegos”; eso me dice. Le pregunto cuánto tiempo lleva en la ciudad, porque yo no he sentido aún esa tensión. Llegó ayer por la noche. Después pasa a explicarme qué es Podemos y por qué España no puede avanzar como país, y a reírse del País Vasco y muchas cosas más que yo trato de escuchar con educación. Debo de conseguirlo, ya que luego me pide el teléfono porque le vendría muy bien un contacto en el País Vasco.
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La ecuación es así:
Merkel y cia expanden el miedo a Syriza porque son un peligro para Europa porque son radicales. El KKE (Partido comunista griego, heredero del Partido Comunista del exterior, el órgano en el exilio durante la ocupación nazi del país, de herencia soviética) no apoya y jura que no apoyará a Syriza porque son proeuropeístas y por tanto reformistas. El KKE m-l (Partido Comunista marxista leninista) y el m-l KKE (marxista leninista Partido Comunista) no apoyan al KKE porque son unos reformistas. Se presentan a las elecciones en coalición. Su cartel dice:
Condenemos al PASOK y a Nueva Democracia.
No cedamos a las ilusiones de Syriza y el debilitamiento del movimiento.
Sólo conseguirá desarmarnos.
La esperanza está en la lucha.
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Tres veces, tres personas diferentes, de tendencias políticas diferentes, me hablan de la caja de Pandora. Zeus presenta a Pandora y a Epimeteo, hermano de Prometeo, el que robó el fuego. Como regalo de boda, Pandora recibe una caja que no debe abrir bajo ninguna circunstancia. Pandora, claro, la abre, y resulta que en esa caja están todos los males del mundo que ahora, por su culpa, se han extendido por la tierra. Cuando mira la caja, sólo queda en ella una cosa: la esperanza. Las tres personas que me han hablado de esa caja solo se han referido a esa última parte, la de la esperanza. Como si los males no existieran; o como si los dieran por supuestos.

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Algunas cosas que piensan en Grecia sobre España:
1. que le va mejor porque “tiene industria”.
2. que el sistema de las autonomías permite que el país funcione mejor. Y la versión contraria.
3. Españoles = Podemos. Conversación tipo:
-¿Sois de Podemos?
– No.
-A los españoles les interesa mucho podemos.

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En la plaza Panepsismos hay casetas del PASOK, de Antarsia, de Syriza, del KKE, de la coalición ml-lm. Sólo se diferencian unas de otras por el tamaño. Al cruzar la avenida, dos estructuras de unos cuatro metros con la cara sonriente de Tsipras, puño en alto. No recuerdo haber visto publicidad así en ningún otro lugar, y desde luego no he visto publicidad así de ningún otro partido en Atenas. Me sorprende este culto al líder que tampoco esperaba. Me repito el mantra de que estoy en una campaña electoral, y de que qué esperaba.

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Eleni es traductora y creadora de eslóganes. He inventado un eslogan en castellano, lo puedes usar si quieres. “Hay que transformar Grexit en Gréxito”.

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Noche del día dos: el candidato Nikos Xidakis ha montado una fiesta “para artistas e intelectuales”, me dice Efi, que nos ha llevado hasta allá. Hay gente bien vestida, es un local moderno con luces bajas y cócteles a 8 euros -que, por lo que me dicen María y María, dos mujeres con las que me pongo a hablar, es barato para los precios actuales de Atenas. Al vino invita el candidato. De repente la sala se vacía y toda la gente baja a escuchar la charla de Xidakis, que debe de ser graciosísimo, porque el público no para de reír. Xidakis es periodista, era el director del dominical del periódico -más bien a la derecha- Kafimerini. “Es el mejor columnista de la crisis”, me dicen. Efi nos lo presenta y, cuando le decimos que venimos de Madrid, nos dice “Yo admiro mucho la retórica de Podemos”. Después varias personas que estaban esperando a hablar con él se nos echan encima y no volvemos a hablar con el susodicho. Me repito el mantra.
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El logo de Syriza son tres banderas: una roja, una verde, una morada. Y una estrella de tres puntas. “Seguro que en 10 años esa estrella ha desaparecido”, dice Enrique.
Por lo que me cuentan algunas compañeras feministas, que la bandera morada aparezca en último lugar del logo tampoco es casualidad. Mañana publican un artículo en la revista del movimiento feminista autónomo. “Unas elecciones sin el color morado”, se titula. Lo traduzco y lo mando al periódico.
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Noche del día 3 es el gran mitin de Tsipras en la plaza Omonia. Una bandera republicana, una bandera LGBTQ, una bandera griega, tres de Giovanni Communisti, unas cinco del Partido Comunista italiano que dicen “L’altra Europa con Tsipras”. El resto, banderas de Syriza, de diferentes colores. No había visto yo nunca tanta gente reunida en un mitin, es impresionante. Como no llegamos a ver el escenario, no nos damos cuenta de que el que habla, ya, es Tsipras. Me parece que tiene voz de funcionario, del que sale antes del líder en los mítines. Alguien con un megáfono le interrumpe varias veces –es amigo, Tsipras ni se inmuta. Al final del mitin llama a Pablo Iglesias, que sale al escenario, repite el estribillo de la canción de Leonard Cohen con la que lo han recibido –First we take Manhattan, then we take Berlin. Mi impresión es que a Iglesias se le aplaude más que a Tsipras. Es un momento de apoteosis total, estoy segura de que no hubo confeti pero así lo recuerdo ahora, como cuando una concursante gana el premio gordo y el bote acumulado en un concurso de televisión.
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Puede que ésta termine siendo la crónica del desencanto.
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Es difícil estar aquí, ir de un lado a otro tratando de entender lo máximo posible, estar presente en las entrevistas, estar presente con el resto de compañeras, sacar fotos, tomar notas, grabar, dormir lo suficiente y además escribir una crónica como a una le gustaría. Decido publicar así, en apuntes. Me prometo retomarlos después, aunque sé que es muy probable que no lo haga.
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Syriza es esdrújula

La memoria, ese invento del poder

(texto publicado hoy en eldiario.es)

Voy a ser bien pensada. Voy a interpretar las declaraciones de Javier Cercas sobre “el negocio de la memoria histórica” como una crítica a la industria cultural. Voy a pensar que Cercas no se refiere, como Rafael Hernando, a los millares de personas que buscan a sus familiares que desapareció la represión franquista. Voy a pensar que Cercas sólo dice hoy lo que dice para armar bulla y promocionar su último libro. Voy a leer entonces esta frase (“Se sustituyó lo objetivo por lo subjetivo. El problema es que se convirtió en un negocio”) en clave de instituciones culturales.

Y voy a comenzar dándole la razón: durante muchos años proliferaron, como si se produjeran por sí solas, novelas, series, películas, que hablaban sobre la guerra civil -y, en bastante menor medida, sobre la dictadura y, aún en menor medida, sobre la Transición. Voy a ir incluso más allá: la mayoría de esos productos culturales repetían una forma más o menos parecida: eran eminentemente narrativos (con su inicio, su nudo, su final), y promovían una versión del tiempo como un espacio cerrado, al que no se podía acceder; y además sobre ellos volaba siempre un sospechoso espíritu de reconciliación. Entre esas muchas producciones se encontraba, claro, Soldados de Salamina – novela que, sin duda, constituyó un negocio, en primer lugar, para el propio Cercas, con más de millón y medio de ejemplares vendidos. Pero no me voy a detener aquí en aquel libro; eso ya lo hizo, brillante, Vicenç Navarro en este artículo. Así que hubo, sí, negocio en torno a nuestro pasado reciente. Y lo sigue habiendo. El problema es que Cercas se equivoca en el segundo término de su apreciación: no fue el negocio de la memoria histórica: fue el negocio de la Cultura de la Transición.

El mecanismo que impuso la CT es conocido y no es exclusivo de nuestro país. La historiadora francesa Annette Wieviorka lo llama “saturación”: una memoria saturada es aquella en la que el evento que se recuerda se desliga de las condiciones históricas que lo produjeron. Es una memoria que pierde su efectividad histórica, una memoria despolitizada; y una memoria, además, que produce el espejismo de estar hablando constantemente de ella. Una memoria, en fin, que pierde el nombre de memoria. Las obras del negocio de la industria cultural a las que, espero, se refiere Cercas -los cuéntamecómopasós y las anatomíasdeuninstante– son así esos productos aproblemáticos a los que nos tiene habituadas la cultura dirigista de lo superficial, lo ahistórico, lo buenrollista que se impuso en nuestro país de la mano del afianzamiento del capitalismo: la saturación de la memoria es el arma más eficaz que tiene el bando vencedor para hacer largas y sesudas disquisiciones sobre el pasado sin cuestionar los orígenes totalitarios de su hegemonía cultural, política, económica. Pero eso tiene, en realidad, poco que ver con la memoria; es su simulacro.

En el Konvolut N del Libro de los pasajes, Walter Benjamin nos dice que la historia que muestra las cosas “tal y como fueron” fue el narcótico más poderoso de su siglo. Benjamin se refería, como lo haría también en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, a la historia positivista, a la historia del tiempo homogéneo y vacío, a la historia del punto y final. Así funciona, exactamente, la versión del pasado que promueve la CT y que puebla las baldas de novedades editoriales últimamente: presentando el pasado como algo pasado, que no nos pertenece, al que no podemos acceder. Y si no podemos acceder al pasado, lo único que podemos hacer, y lo único que nos va a salvar, es mirar hacia el futuro, parece decirnos al oído la CT. De nuestro relacionarnos con el pasado en relación de igualdad nace la rabia, la subversión, la lucha. De nuestra relación con el futuro, la docilidad.

Eso a lo que Javier Cercas llama memoria es placebo. La memoria, la que merece llamarse así, es, ante todo, dialéctica; sea colectiva, sea histórica o sea individual -que es, en esencia, lo mismo. Digo esto porque Cercas parece tener un problema no sólo con la industria y el negocio, sino también con la subjetividad (“una memoria, que era colectiva, se llenara de subjetividad”, comienza el artículo). Afirmar que la memoria es, en esencia, subjetiva, no es quitarle valor al testigo y defender la labor del historiador. La historia, y parece mentira que haya que repetirlo, es el relato que las clases vencedoras erigen sobre los cuerpos de aquellas personas que su poder ha seputaldo para convertirse en tal: nada más subjetivo que un relato construido para legitimar la opresión. Por eso, la memoria, la que –repito– merece llamarse memoria, es un relacionarse de tú a tú con el pasado, es, precisamente, devolverle la subjetividad a eso que el poder se encarga de convertir en lugar cerrado, intransitable, inerte; “objetivo”.

Articular el pasado históricamente no es, nos dice Benjamin en las Tesis, conocerlo “tal y como fue”, sino apropiarse de un recuerdo que destella en el momento en que está en peligro. No se trata solo de cuestionar la versión de la historia que nos han inculcado -la teoría de los dos demonios, el fetiche de la transición-, sino de desvelar cómo sus mecanismos siguen determinando nuestro presente: cómo alguien puede hacerse famoso escritor hablando del pasado y después desestimar la industria que lo alza al estrellato como si estuviera al margen, y decir todo esto con tal impunidad. La memoria, la que merece llamarse memoria, pone en cuestión este ser parte y juez, este servirse de quienes fueron vencidas y vencidos y al mismo tiempo disfrutar de los privilegios que se cimientan sobre los muchos cuerpos que aún siguen en las cunetas. Ésa es la verdadera amenaza de la que debemos salvar nuestra memoria, constantemente: la de convertirse en un instrumento maleable, al servicio del poder.

But one can’t help wondering whether Marker’s example—his solitary wanderings with camera and pen, his exploration of the forms of essay, travelogue, and first-person filmmaking—is not now an example whose time has come around again. Mini dv cameras, desktop editing software, all these new technological tools are currently revitalizing first-person filmmaking. It would be a salutary realization for those exploring this form to understand that they are not the first to do so. That they are themselves children of an elusive, mercurial, quixotic father who, with a play of words for his name, with a speedy cut and the click of a shutter, has removed himself into another dimension, leaving the rest of us to make our own journeys, not so much following in his footsteps as traveling in a time machine of his design.

Chris Darke, “Chris Marker: Eyesight”. Disponible acá.

Pero hay que preguntarse si el ejemplo de Marker -sus paseos solitarios cámara y bolígrafo en mano, su explorar la forma ensayística, el diario de viaje, el cine en primera persona- no está volviendo a nosotras, hoy. Cámaras mini dv, programas de edición caseros, todas esas nuevas herramientas tecnológicas están revitalizando el cine en primera persona. Estaría bien que quienes exploramos estas formas nos diéramos cuenta de que no somos las primeras en hacerlo. Que somos hijas de un padre quijotesco, escurridizo, volátil que, al nombrarse con un juego de palabras, con un corte veloz y el pestañeo de un obturador, se ha ubicado en otra dimensión, dejando al resto que hagamos nuestros propios viajes, no tanto siguiendo sus pasos como trasladándonoes en una máquina del tiempo que él inventó.

Aire, concierto para nómadas

En junio de este año se estrenó Aire, concierto para nómadas, un concierto poético visual en el que el músico Javier Moreno compuso música para algunos de mis poemas. Eso, y que Laia Cabrera e Isabelle Duverger fueron las artistas visuales. Y que Lucía Rodríguez Miranda fue directora de escena. No sé yo si alguna vez volveré a participar en algo tan potente como esto. Acá el resultado.

Presentes

Si digo presente digo el tiempo este en el que escribo, hoy 20 de julio, diez de la noche. Si digo pasado, digo por ejemplo ayer, a las diez de la mañana, cuando una buena amiga me mandó un mensaje en el que me decía “buen viaje al recuerdo”. Yo iba en un coche en dirección a Chaherrero, un pueblo de Ávila en el que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica iba a exhumar el cuerpo de Perfecto de Dios Fernández, un guerrillero gallego asesinado por la guardia civil de Franco en 1950. Contesté al mensaje de mi amiga con un “al presente, querida, viajamos al presente”.

Tendemos a pensar en el presente como coordenada temporal, pero cómo separar el ahora del aquí, cómo separar las diez de la noche de esta habitación en el barrio de Lavapiés, cómo trazar una línea entre esas dos coordenadas. Por eso ayer, cuando llegamos a Chaherrero, el tiempo y el espacio estaban completamente patas arriba. Imagínense a dos personas ancianas hablando desde su adolescencia, cuando presenciaron el entierro de Perfecto; imagínenselas describiendo la escena a Camilo, su hermano menor, que ahora tiene 84 años. Imagínense a Camilo de Dios Fernández preguntando todo lo que había querido preguntar desde que tenía 16 años. Imagínenselo obteniendo, por primera vez, algunas respuestas.

Era mi primera exhumación. Había leído libros, visto fotos, vídeos, documentales, pero ésta era la primera vez que estaba junto a una fosa abierta. Y tardé bastante en asomarme a ella; pero de esto sólo me di cuenta después, pasada quizá la primera hora. No fue nada premeditado, no decidí dejar la fosa para el final, quedarme en su periferia. Más bien al contrario: allí no había periferia, era como si la fosa lo irradiara todo, y a todos. Junto a la historia del chico y la chica adolescentes que ven enterrar el cuerpo de un desconocido y se preguntan por qué lo hacen fuera del cementerio, se oían muchas historias más, algunas ya repetidas, otras que hasta ahora no se habían contado. Parece que en el pueblo algunas personas se creyeron la versión oficial de que Perfecto era un bandolero; parece que muchos años después aparecían flores allí, sobre aquella tierra.

Había también historias paralelas: un adolescente del pueblo sigue atento el proceso y pregunta acerca de todo -es que le gusta mucho la historia, lo justifica su madre, como si hiciera falta. Un cuaderno de visitas que circula de mano en mano. Una voluntaria de la ARMH de Salamanca me cuenta que hace unos años pidieron a una empresa que hiciera una prospección para evaluar cuántos desaparecidos había en un monte, y que la empresa ahora se lleva allí a sus alumnos de prácticas, cada verano, a exhumar antifranquistas, y que se llevan los cuerpos. Así, como suena, como si una sola desaparición no fuera suficiente ofensa -Arqueoforense, por cierto, se llama la empresa.  Y había, además, historias de quienes no estaban, pero sin las que ninguna hubiéramos llegado a Chaherrero: la de un sindicato de electricistas de Noruega que visitó el Estado español y, al saber que el PP había eliminado las ya escasas ayudas que el PSOE había concedido para realizar exhumaciones, decidió donar 6000 euros a la ARMH. El internacionalismo en estado puro.

Avanzada la tarde apareció, primero, el cráneo de Perfecto. Después, aún calzadas, las piernas. Camilo las reconoció en seguida: eran las botas de piel de carnero que les hacía, iguales, el mismo zapatero. En el bolsillo de Perfecto había una bola de plomo, y ahí otra vez Camilo, sin tener la menor duda: una granada, sería una Lafitte, que es la que llevábamos por aquellos años. Preguntó por el correaje, quería saber si a su hermano lo habían enterrado armado. Preguntó si podría llevarse las botas a casa, para tenerlas.

No pude hablar con él; no porque Camilo no estuviera ahí, dispuesto a hablar con quien quisiera, sino porque todo lo que se me ocurría preguntarle -cómo se siente, Camilo, está emocionado, Camilo, sabe, yo también he venido con mi hermana, Camilo- me parecían preguntas que ya había respondido mil veces, y no quería cansarlo. Me arrepiento, ahora, de no haberle preguntado por eso, por el ahora, por qué siente sobre el presente, sobre la lucha que nos dejaron, si tiene esperanza, si le parece que les fallamos.

A veces me sorprende el lugar que tienen en algunos de nuestros discursos políticos y en nuestro día a día militante los y las resistentes antifranquistas; como si el innegable respeto por su lucha nos hiciera concebirla como algo un poco intocable, nos hiciera restringirla al cajón del pasado. Ayer fue una lección sobre la cualidad dúctil del pasado y del presente: ahí estaban, decenas de personas, sesenta y cinco años después del asesinato, desenterrando un cuerpo hasta entonces desaparecido, situándolo en los mapas y por lo tanto en la historia; reescribiéndola a base de denunciar las injusticias, los crímenes, las mentiras sobre las que fue construida esa llamada transición que ya comienza -ya comienza- a resquebrajarse por todos lados.

Como para certificar esa necesaria conexión entre tiempos, el titular de la hoja de periódico con la que envolvieron el cráneo de Perfecto decía “La ciencia clama contra la impunidad del franquismo”.

 

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